
Estuve haciendo limpieza de fin de año, botando las arañas y cosas viejas, papeles, cartas, periódicos, artículos, en fin, chucherías que fui guardando con el correr del tiempo. Mi marido arregló su oficina en el ático, y yo le ayudé a decidir qué se iría al Kring Loop (almacén de reciclaje municipal) y qué seguiría guardando hasta el día del Juicio Final. Encontré muchas monedas: antiguos florines, liras, soles, rupias de la india, dólares, y otras muchas que ya han desaparecido de la circulación--producto de los viajes-- y que se habían quedado refundidas en algún sobre. Las puse todas en una caja de metal hasta que se llenó. En una caja de zapatos de mi hijo, guardada atrás del desván del ático, encontré el tesoro del pirata: una ruma de billetes también de diversos países, todos inválidos. Al ver eso, me sentí verdaderamente rica, como el Tío Dagoberto. Aunque ya sé que no tiene ahora ningún valor, o tal vez pueda comprar un helado con el total, descubrí que el sentirse millonario es sólo una idea, una ilusión, que se puede fantasear. Esos "tesoros" los guardaré en mi estantería de libros, donde pueda encontrarlos fácilmente y pueda verlos, cuando me sienta pobre y desvalida.
La verdad es que la Providencia es una fuente inagotable de riqueza y de bienestar. Hay para todos, en abundancia. Lo único que tenemos que hacer es pedir.