La literatura está llena de cuentos y referencias a esos pequeños y traviesos seres, que no sólo plueblan la fantasía infantil sino también sirven de tema a las películas de Walt Disney. El escritor danés, Hans Christian Andersen, autor de la Sirenita y El Patito Feo, creía firmemente en la existencia de los duendes. En la noche del 23 al 24 de junio en algunas regiones de España se celebra la Noche de San Juan,por la llegada de la primavera. Algunos creen que esa noche los seres humanos tienen acceso a ese mundo mágico en el que a veces ocurren cosas sorprendentes.

Yo me inclino a creer que no sólo el hombre tiene espíritu, sino también las plantas y los árboles. Se les conoce como duendes, elfos, hadas y otras denominaciones más. Sin embargo, no todos los hombres pueden tomar contacto con ellos. Por ejemplo, mi papá no creía absolutamente en la existencia de espíritus, fantasmas o duendes y cuando fue estudiante ganó varias veces apuestas por dormir en cementerios. En cambio, mi mamá sí creía en ellos. Una vez,estando de paseo por el campo al borde de una alberca donde chorreaba agua vió algo singular: un pequeño ser, no más alto de una cuarta,vestía pantalones bombachos y un gorro terminado en punta. Era un duendecito. Ella se detuvo para observarlo y de pronto el duende desapareció. Ella corrió a la casa y del susto le empezó a sangrar la nariz en abundancia.

Yo también heredé esa sensibilidad, porque recuerdo la primera vez que vi algo extraordinario. Tendría alrededor de cinco o seis años y me dirigía a nuestra casa de campo, en las alturas de Puno, caminando detrás de las personas que nos ayudaban a llevar los bultos. En eso, al borde del camino algo captó mi atención: una serie de seres diminutos, parecían humanos, que entraban y salían de una gran piedra con huecos, parecía como que jugaban y se la pasaban muy bien.

No estamos solos en el universo ni en la tierra, hay una diversidad de seres que lo pueblan, encima y debajo de ella. Sólo nos falta creer, abrir los ojos y verlos.