Hay una costumbre bonita en la familia de mi marido: todos los años alquilan una finca en el campo para pasar un fin de semana. En una familia numerosa y viviendo en diferentes ciudades, es difícil que todos nos juntemos para ponernos al tanto de la vida de cada uno. Mis suegros ya no participan porque no aguantan el bullicio de los jóvenes. Los seis hermanos llevan a sus consortes e hijos y en algunos casos, novio(a)s. Hasta ahora lo hemos pasado siempre macanudo. Es como una pequeña vacación. Llegamos el viernes en la tarde y algunos se dedican a preparar una cena ligera, luego de lo cual unos juegan al póker o cartas, otros lanzan dardos, otros juegan futbol afuera y siempre hay un grupo que sólo se dedica a conversar y tomar.
Al día siguiente, después de un opíparo desayuno, generalmente lo dedicamos a caminar o pasear en bicicleta. Otros años hemos navegado y también ido a nadar. En la noche comemos en un restaurante local y nos quedamos hasta muy tarde conversando y riendo. El domingo después del desayuno, cada uno es libre de irse a su casa, después de haber dejado cada habitación impecable. Los gastos los prorrateamos entre todos.

Aquí una foto de ese día, Frans entre sus hermanos y parientes. En la foto de arriba, aunque no lo crean, jugué fútbol con mis sobrinos, y me cayó un patadón que me pudo haber enviado al hospital, pero sólo me dejó un moretón en la pierna. En serio les prometo, no más fútbol.